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(Tercer intento ...)

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LA CABRA TIRA AL MONTE

ZONA DE CONCENTRACIÓN DE LAS CABRAS EL DÍA DE LA PROCESIÓN DE LA VIRGEN DE 1985

LA CABRA TIRA AL MONTE

No han tenido buena prensa las cabras en la jerga popular:

Está como una cabra!

Hacer el cabra!

La cabra tira al monte!

Los cabras locas!

Sin embargo, sus comportamientos en nada reflejan las connotaciones negativas que la fraseología les atribuye. Puestos a buscarles un defecto, si acaso, que son un poquito maniáticas. Al menos lo era la que tenían mis vecinos Mateo y Francisca.

Tenían mis vecinos habilitada una cuadra en la trasera de su casa, casi enfrente del Teleclub, junto al señor Pedro el cartero.

Allí le abrían la puerta por la mañana y al animal tardaba en soltársele el vientre justo lo que tardaba en hacer el zigzag izquierda-derecha y llegar a la puerta de mi casa.

Hoy le pondríamos una demanda civil por semejante atentado a la salud pública y con la indemnización iríamos al chino a comprar abono chino. Entonces se barrían y recogía las pelotillas y se guardaban en una maceta grande para hacer el abono.

La cabra tiraba por la calle de Merino, hacía stop para cruzar la carretera, subía la de Don Fernando el practicante y Don Emilio el procurador para unirse a la calle del Consuelo en el cruce del comercio de Francisco González y el Taller de Luis el Mellizo y ya todo recto hasta que, bien pasado el Pocito, en los cancharrales a la derecha, antes de llegar a la escuela de la Cerquilla, se juntaba con el resto de cabras.

Al mando del Tío Borreguino pastaban durante el día por la sierra San Cristobal. Algunas, además de saciar el apetito por el pasto, saciaban el apetito por el apareamiento con alguno de los machos entreverados en el rebaño y bajaban con los deberes hechos en lo que a perpetuar su especie se refiere.

Por la tarde volvían ceremoniosamente al lugar de recogida. La cabra de Mateo y Francisca aparecía por el pozo al otro lado de la carretera junto a la puerta del comercio de Madroñero.

La solíamos esperar muchos días y la acompañábamos hasta la cuadra frente al Teleclub.

Allí tenía preparado un cubo con el maíz y otro con agua.

Descubrimos que nuestra cabra era un poco maniática (Consultadas fuentes de toda confianza, parece ser que esto era generalizado en la especie).

El caso es que la cabra, percibía, se supone que a través del olfato, si alguien había tocado el maíz. Si ese era el caso, se daba media vuelta y rehusaba comer. Cuando acudían a cerrar la puerta de la cuadra para la noche, allí se encontraba plantada sin jincarle el diente al maíz hasta que se lo echaran nuevo del saco. Si tardaban en ir a cerrar la puerta, cosa que ocurría con frecuencia, el animal se salía de la cuadra y acudía a la puerta delantera de la casa empujando con la pezuña el postigo de arriba y berreando hasta ver satisfecha su reclamación con un cubo de maíz nuevo.

Ahora que ya debe haber prescrito, confesaré que esa era la base de uno de nuestros juegos: cuando abrían la puerta de la cuadra y soltaban el cubo con el maíz, salíamos del escondite a removerlo y esperábamos la llegada de la cabra. Nos dábamos la vuelta por la baranda, pasábamos ya sigilosamente por la puerta de Correos y al llegar a la cuadra de Lorenzo esperábamos a que el animal llegara a la puerta principal y comprobar el resultado de nuestra maldad.

Pronto nos descubrieron y además de las voces de Mateo gritando el clásico, “si te cojo,..., te meto un brazo por una manga”, en vida de la Tía Consuelo, ella remataba el castigo con algo más contundente: “tenían que volver los moros de la guerra y llevaros a tos al África”.

Aquí acabaría mi aproximación al mundo caprino, si no fuera porque en mi propia familia, aunque unas calles más lejos, mi tía María Antonia (nombre ficticio) también tenía una cabra.

No daré muchos datos para preservar el anonimato, pero mi tía era coja. Desconozco el origen de su cojera, pero esta era marcada y constante. Se cuenta en la familia que a mi tía le regalaron una cabra que a lo que se ve, era un regalo envenenado.

La cabra de mi tía habría de hacer el camino desde un lugar indeterminado hasta la plaza de la Fuente y de allí, por la calle del mismo nombre donde vivían mis tíos Jacinto y Catalina (los de la caseta de los peones camioneros junto al río la Cancha), hasta la calle del Consuelo y luego ya toparriba.

Las cabras solían tardar máximo una semana en aprenderse el camino de ida y vuelta diario, algunas al tercer día, según se les abría la puerta de la cuadra, se arrancaban ruta arriba y ya se las podía dejar solas con toda confianza.

Comenzó la segunda semana la cabra de mi tía Maria Antonia con el mismo aplomo que el primer día. Cuando veía la luz del día, dejaba pasar unos segundos para adecuar la vista atrofiada por la oscuridad de la noche. Con una mirada profunda encaraba a mi tía y con ademanes altivos y desafiantes soltaba un “beeeeeee” con trémolo que, si lo pilla en Google Translator, devuelve como traducción: “no seré yo quien arranque si no arrancas tú, así que, tú misma”.

Mi tía comenzaba a estar al límite, los cuatro trayectos diarios hasta los cancharrales de la Cerquilla con la cojera la estaban matando. Cada vez tardaba más y los dolores eran mayores; al menos los quejíos que daba.

Iba ya de camino la segunda semana y el último día, bajando la calle del Consuelo se la oía fuera de sí, con la voz entrecortada por la cojera ya muy marcada, explicando al animal que era el último día, que ella a base de maíz no la podía mantener y que el lunes o se arrancaba y subía sola, o la llevaba a un carnicero y volvía a casa a trozos y con la piel curtida convertida en alfombra.

No quedó muy bien parada la reputación de persona sobria de mi tía con las voces propinadas a la cabra, pero el animal algo debió olerse, porque el lunes fue abrirle la puerta, doblar la esquina y mi tía ni la vio, las cagalutas las esparció ya cuando iba por el Pocito.

Allí fue cuando el Tío Borreguino se dio cuenta de que algo raro pasaba. Un grupo de muchachos tempraneros que subían a la escuela rodeaban a una cabra que llaneaba a buen ritmo acercándose ya a los cancharrales. La cabra parecía ser nueva, al menos nunca había venido sola, y cuando por fin pudo verla con nitidez, no tuvo ninguna duda: LA CABRA, A CUATRO PATAS, REPRODUCÍA A LA PERFECCIÓN LA MISMA COJERA QUE SU DUEÑA.

JMGOL60 (OCTUBRE 2019)

Mi entrañable recuerdo a mis adorados vecinos Mateo y Francisca y a la Tía Consuelo y su música mora de fondo en la radio.

Mi agradacimiento a los padres de Mari Calzada por su confirmación de datos para este relato.