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La canción de Juana y José por Luis Pastor

POYALES ABAJO GINJAL ARRIBA (JUANA Y JOSÉ)

POYALES ABAJO GINJAL ARRIBA (JUANA Y JOSÉ)

(Relato completo)

Juana y José bajaban cada dos semanas al pueblo. Hacía años que, Lunes si Lunes no, emprendían la marcha desde la falda de los Poyales camino abajo aprovechando las primeras luces.

Siete partos y cinco hijos después mantenían esa rutina que les permitía complementar sus necesidades básicas y algún minúsculo lujo, a repartir entre siete. Las enfermedades les habían respetado; decía José que “eran privilegio de la gente del pueblo”; y sólo los partos de Juana habían roto la secuencia de Lunes y la distribución del trayecto a lomos de la burra.

Robusta era la cuarta de su especie que había memorizado aquella ruta invariada y que, una vez aprendida, se resistían a modificar si los recaos requerían alguna variante en el callejeo por Logrosán. El primer y último destino era el comercio de Orellana. Aunque a Juana y José les gustaba cumplir con todos los comerciantes e incluso, aprovechando el mercadillo del lunes, primero en la plaza, más tarde en el Cristo, también le echaban un vistazo a las novedades de confección y calzado. Con un ”… que por lo menos saquen para la gasolina!” solía justificar Juana sus distanciados desvaríos consumistas.

Siete bocas más alguna ocasional demandaban más volumen para el trasporte de vuelta que el que proporcionaban las alforjas que el tío Lucas, padrino de Juana, había encargado a la destreza de las manos del Esportonero.

Rebeca las lucía radiante atada a la verja de las escuelas de la Cerquilla el día de San Pedro pero al que era Pedro Botero el que le había puesto la temperatura. Rebeca era una burra joven y con tan buena planta que dejaba en un segundo plano su delicada salud. Ese día, ya casados tal y como habían simulado en juegos durante años, bajaban José y Juana recorriendo, también radiantes como Rebeca, el trecho que va de la ermita del Consuelo al Círculo. Allí era donde estaban apalabrados el convite y el baile amenizado por el saxofón todoterreno del maestro René.

Pero, …, habíamos dejado a Rebeca atada a la escuela. La joven pareja, sorprendida por la presencia del singular ‘alumno’ a la puerta de la escuela que tantos años cruzaron, detuvo el paso a su altura y, acariciando ambos al animal, celebraron y agradecieron entre lágrimas a sus respectivos padrinos el regalo de boda. Rebeca fue el regalo de la tía Luciana.

Lucas y Luciana no tenían descendencia ni, según Don Francisco, partida de matrimonio, aunque ellos justificaban una boda de luto en Ibahernando que daba cobertura a su amancebamiento desde ya antes de la guerra que les trajo a Logrosán. Hacía años que miraban por separado de Juana y José, cuyas respectivas madres, viudas ambas, apenas podían proporcionarles el sustento vital en aquellos años de penurias.

La boda de Juana y José culminaba un proyecto al que mucha gente en el pueblo le achacaba un cierto tufillo incestuoso. Las alforjas del tío Lucas y la burra de la tía Luciana en forma de regalos de boda eran la metáfora de la unión y, de alguna forma, del cordón umbilical que les mantenía unidos a ese pueblo que miraba de reojo su relación.

El tío Lucas (con ese título gustaba hacerse llamar) era un hombre leído, había crecido en Trujillo entre sotanas y armaduras de nobles venidos a menos. Con esos antecedentes se movía con soltura entre las más orondas carteras y mejores braguetas de Logrosán, que no siempre coincidían en los mismos pantalones. Manejaba una compleja red de favores, deudas y apaños varios; mediaba entre las viejas familias y los nuevos apellidos que llegaban al son de la mina y el ferrocarril. Hablaba fino con los forasteros si era necesario y con ‘gayo poyo piyo’ si topaba con algún antiguo paisano de ‘Trujiyo”. Pero se desenvolvía con soltura en cualquier ambiente y su ‘jacha jigo jiguera’ sonaba tan autentico como si cada noche recitara en casa el ‘Miajón de los castuos’ en vez de escuchar a ‘Matilde Perico y Periquín’ héroes radiofónicos de la época.

Todo ese bagaje a cuestas le ponía fácil encontrar un oficio para su apadrinado que resultó ser un puesto de guardases en los Poyales.

Rebeca vino de Pela a la feria de Junio de la mano de Marcial, un gitano cabal que cada año visitaba el Palomar con lo mejor del otro lado del Cubilar. La mala cosecha del año anterior hizo que Rebeca y sus buenas hechuras emprendieran, tras tres días, camino de vuelta a Pela. Maldiciendo su suerte iba Marcial cuando, pasada la charca Parrala y llegando ya a la curva del arroyo Rodrigo, el tío Lucas, desde el coche de Don Alfonso, le dio el alto. Sin mucho regateo, cambió el destino de Rebeca que nunca ya volvió a cruzar el Ruecas. Todo fue muy rápido y a Marcial, gran aficionado al cine americano y a las novelas de su tocayo Lafuente Estefanía, sólo le dio tiempo a gritarle al tío Lucas con acento equidistante calé-mexicano: “Escúchame maldito gringo, Rebeca vino a este mundo el día que los Húngaros echaron esa película en Las Casas”: así quedó bautizada.

Tras la temprana pérdida de Rebeca, antes de Robusta, fueron Rémora y Rencorosa quienes también cruzaron el puente Ginjal uno de cada dos Lunes. Sus nombres daban fe de su condición y dejaban entrever su habilidad en el manejo de los cuartos traseros cuando la carga se les hacía más penosa de lo que ellas creían que su condición de burras obligaba. Robusta, sin embargo, unía a la nobleza peleña de Rebeca, una fortaleza de buey tal que, cuando la descendencia de Juana y José crecía casi a zagal por año, ella se adaptaba a la necesidad cual camarote cuadrúpedo de los Hermanos Marx.

Con Robusta llegó la estabilidad, la rutina perfecta. En el trayecto a Logrosán, al llegar a los puntos fijados por la costumbre, sin voz de mando alguna, el animal se detenía el instante justo para el cambio de jinete y, sin más dilación, emprendía de nuevo el paso.

El tramo de camino de polvo o barro, según la estación, lo recorrían ambos a pie. Aún entre dos luces, era difícil evitar cada pedrusco del camino que acababa en la carretera de Zorita, justo frente a la caseta de peones camineros. Desde ella solían saludar Jacinto y Catalina que a esa hora se disponían a echar de comer a los animales antes de que Jacinto hiciera el repaso diario de la legua de carretera que tenía asignada.

Con una sincronización digna del reloj suizo que José vio en la Platera, Robusta paraba y esperaba a que Juana la montara ya sobre el asfalto. Con un acto automatizado reemprendía el camino casi al trote aprovechando el ligero descenso hasta el puente que aun hoy salva el rio la Cancha.

Con menos garbo en el ritmo del animal, trazaban la curva que les ponía frente al cerro de San Cristobal. En ese momento iniciaban el rezo de un padrenuestro al patrón de los caminantes. La fe de los jóvenes guardases se sostenía con la misma solidez que el primer chozo que habitaron recién casados hasta que el primer Marzo se lo llevó. Sin embargo, el tío Lucas, profundo conocedor del pensar de los portadores de alzacuellos, les había incrustado la fe del porsiacaso que justificaba plenamente el padrenuestro.

El último repecho, antes de coronar San Blas con Juana a cuestas no era del agrado de Robusta, y, en ocasiones, José debía recordarle al noble animal sus obligaciones mediante una vara de olivo. No era él partidario de este tipo de castigos y su sensibilidad en el trato al animal había sido asimilada en el pueblo a una masculinidad dudosa, a pesar de la prole.

Su también rutinario “Ten cuidao Juana que le jarreo a Robusta” acababa dañinamente manipulado y sustituido por un amanerado “Apercíbete Juana de mi vida que le voy a aplicar una varadita a la burra”. José se mantenía ajeno a este tipo de enredos que él achacaba a la misma condición ociosa que permitía enfermar con frecuencia a buena parte de los que vivían en el pueblo.

Al coronar por fin el alto San Blas, era José el que descansaba montado cuesta abajo hasta la fuente jerrumbrosa junto al puente de la vía del FFCC.

Subían la cuesta Ginjal nuevamente ambos a pie y, tras la parada en el depósito, montaban ambos alardeando de su unión aún a costa de los lomos de Robusta. Si como especula Chamizo en su Nacencia, las burras tuvieran pensamientos, los de Robusta seguro que se dirigían a maldecir la exhibición obscena de sus amos. Superado el tramo hasta las Palmeras, enfilaban por las traseras hasta el comercio de Orellana.

Aquel lunes día de San Antonio hacía ya calor desde primera hora; en realidad no había dejado de hacerlo en toda la noche, con lo que ello provoca en el no dormir y en el humor matutino del insomne. Sin arrugarse por llevar ese calor como compañía, echaron los tres sierra abajo dispuestos a ejecutar su rutinario plan nunca escrito.

Al llegar al final del camino estaba Jacinto adecentando ya las cunetas de la carretera. Su habitual y entrañable saludo desde la puerta de la caseta, aquel día se convirtió en un “hace falta ser tonto para tener una burra tan buena y bajar tol camino a pie los dos”. Juana buscó con su mirada la mirada cómplice de Catalina que bajó la suya haciendo como que contaba las gallinas. José giró la cabeza a la izquierda y, clavándola en el paraje donde años después se puso “elputiclú”, todavía se le oyó decir “buenos días tengáis Ja-cin-toy-ca-ta-li-na, condió, ... (y entre dientes) y quedaros un ratino allí con él”.

Al llegar al alto San Blas, viéndolos venir desde la curva, les esperó el tío Naranjero, pariente lejano de José, que junto a un escuálido “eeehhh” interrumpió el padrenuestro del matrimonio preguntando “Juana, Juana, no te da vergüenza llevar andando asín a mi sobrino questará baldao de andar por esa sierra y tú como una marquesona ahí arriba?”. Juana miró a José que, sin levantar la cabeza, dejó caer “condió vayas y con tus naranjas teajogues”.

Apartándose de la carretera a la fuente jerrumbrosa llegaban al tiempo don Osvaldo y su esposa buscando la fresca de las huertas. Muy digna ella y con acento afrancesado no pudo reprimir un “mondié, senepáposí, el caballero egpañol ha muegto”. José no entendió ni papa, pero sabía que nada bueno podía estar oyendo. Afinó cuanto pudo la cuerda vocal encargada de las ERRES y disparó: “AURREVOIRE mamuasel”.

Llegando al depósito se disponía a iniciar su paseo cuesta abajo una pareja de la que omitiré sus referencias identificativas que, sin saludar, también comentó por lo bajo: “Dios le da burras buenas a quien no merece ni jamelgos”!

Por fin, alcanzada las Palmeras, un forastero que buscaba donde se vendía el café de estraperlo, frustrado al enterarse de que el domingo lo había decomisado todo la Guardia Civil por orden de Gobernación, maldecía a Logrosán y toda la provincia cuando, viendo llegar a la pareja sobre la extenuada burra, gritó a modo de corolario de su desdicha: “... y además, qué se puede esperar de un pueblo que revienta las burras para engorde de sus naturales!”. Llegados al comercio de Orellana por las traseras sin más benéficos paisanos ni foráneos regalando opiniones. José el del comercio, que no sabía lo que se le venía encima, les saludo jovial y cantarín a la pregunta: “parejita, qué va a ser hoy?” se encontró a Juana y José respondiendo a grito pelao como una sola voz: “lo de siempre, PERO CALLAITO HASTA QUE VOLVAMOS A SALIR POR ESA PUERTA”!

JMGOL60 (Agosto 2019)