Avance Capítulo 3

Juana y José se llevaban escasas semanas, sus vidas habían discurrido en un paralelismo de precisión casi geométrica, sorteando las asimetrías de género que la época propiciaba.

Aprendieron las primeras letras juntos, y juntos progresaron casi a la par, aunque la desenvoltura de Juana hiciera parecer otra cosa.

En esa época, Adela leía todas las noches a Juana el mismo cuento hasta la extenuación de Juana o ...., a veces de la propia Adela.

Juana absorbía todos los detalles, incluida la sincronización del relato con el paso de las hojas del cuento “El Conejito aventurero”.

Adela cosía para quien lo necesitara, si además podía pagar, ..., cobraba!

Cuando las beneficiadas de su costura llegaban a casa, Juana, con dos años cumplidos y dos velas colgando, tomaba posiciones en el centro del zaguán y, recogiendo las velas sonoramente, comenzaba a “leer” las aventuras del conejito. Como la extraña se sorprendiera de lo precoz de la lectora y se acercara a dar fe del prodigio, retornaba convencida al comprobar (si ello podía) que, con la última palabra de la página, los dedinos pasaban de hoja el cuento y al momento señalaban el punto en el que continuaba la lectura.

Cuando los niños Juana y José supieron poner letras a los nombres, cada uno por separado fue descubriendo inquietantes relaciones entre las iniciales de los nombres de la familia y el devenir de sus propietarios.

La cábala más evidente e impactante de todas era aquella que sentenciaba como duraderos los matrimonios formados por cónyuges con las mismas iniciales y de corta y trágica duración para aquellos que no eran iguales.

No tardaron en poner en común las respectivas averiguaciones e indagar por los respectivos árboles genealógicos pasó de ser un juego a una obsesión compartida.

El estado natural de Juana durante más de un lustro fue el que los más refinados del pueblo llamaban de buena esperanza. A José eso le sonaba a vientos y mares enfurecidos y prefería asignarle por analogía términos agrícolas: barbecho, sementera, brotes, espiga, ... hasta que un día gritaba camino abajo “ya está el trigo en la era” y no paraba hasta dar por enterado a Jacinto que ya se encargaba de propagar la noticia.

Los hijos fueron llegando y sus nombres, inducidos por las cábalas de las iniciales, fueron poblando páginas del libro de familia que recogieron del jujao dos días después de la boda.

Ambos, aunque sin títulos, habían tenido una formación muy por encima de lo habitual de la época. Ocupaban un limbo incómodo en el que moran quienes no pueden refutar sus conocimientos con esos títulos que algunos les refregaban, pero, al mismo tiempo, son excluidos de las élites de la ignorancia por sabijondos.

La formación de la prole comenzó a ser un rompedero de cabeza para el matrimonio de las dos J.

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